Por MatiVal Cortez y Emilia Schneider Videla

En la primera parte de esta serie, concluimos que en nuestros activismos no sólo trabajamos por la incorporación de diversidades y disidencias sexogenéricas a la política, sino por la transformación del sentido de hacer política, y así construir política desde identidades negadas. Por ende, la pregunta que nos hacemos es por el sujete polítique de las disidencias sexuales y nuestra ciudadanía.

Si el movimiento LGBTero/gelebetoso y de la diversidad sexual se reduce sólo a enarbolar una agenda (necesaria) de derechos, pero rehúye a la tarea de articular una crítica sistémica a la matriz cisheteropatriarcal y capitalista, que a su vez tienda puentes con otros análisis interseccionales sobre las opresiones del globalitarismo, de la colonialidad y de la clase en nuestro contexto sudaca; entonces no podrá suplir las deficiencias de las palabras traficadas desde el norte global, ni integrarse activamente a los procesos políticos que está viviendo la ciudadanía cola, lela y trans local.

Esto explica e intensifica la distancia entre el activismo de la diversidad sexual y los partidos de izquierda. Distancia que es patudamente aprovechada por los sectores de derecha para capturar un discurso inocuo que no cuestiona las bases que mantienen a las elites en el poder, pero las baña en un sobrio pinkwashing que maquilla sus atroces fisonomías y las opone a los intereses de “las mayorías trabajadoras”, como si no fuéramos parte de ellas.

Pero al mismo tiempo, el sexismo histórico y la homolesbotransfobia internalizada por los partidos de izquierda no permiten una alianza fluida ni un acceso masivo ni cómodo de trans, travestis, maricas y lelas a dichos espacios. El compromiso de los partidos pasará de lo formal a lo concreto cuando todes sus militantes estén dispuestes no sólo a ser liderades por órganos paritarios a la interna, sino que también a incorporar en sus análisis y elaboraciones a la totalidad de las relaciones de dominación. Esto incluye la dimensión sexogénerica disidente, y hace factible crear mecanismos de representación garantizada de la pluralidad de identidades y movimientos que buscan que estos partidos y sus candidates sean una vía, y no un fin, para que grandes comunidades históricamente discriminadas accedan al poder. Para ello, es indispensable que éstos adopten una actitud proactiva en la eliminación de sus prácticas patriarcales y discriminadoras que aún sostienen sus directivas y comités centrales, enquistadas sobre todo en los partidos más antiguos. Aunque se apresuran en declararse feministas o gay/trans friendly, no adoptan prácticas ni metodologías revolucionariamente trans/feministas de praxis y elaboración política que tengan presente, por ejemplo, las preocupaciones sobre el autocuidado en los espacios de discusión y construcción políticas, en el lenguaje, los símbolos, los debates y en las elecciones.

Este proceso toma una relevancia nuclear para enfrentar el avance de los discursos neofascistas que se han tomado los gobiernos en Latinoamérica y el mundo: nos preocupa que lo que hemos llamado “compromiso formal” de las izquierdas, se vea opacado por mezquinos cálculos electorales que observan con ojo plumofóbico, la pérdida del voto evangélico que ha creado bancadas anti-derechos, serviles a populismos autoritarios con proyectos de profundización neoliberal. Por ello, en la búsqueda del voto rosa y de nuestra incorporación a la política, no basta el compromiso formal y urge que los congresos ideológicos tomen postura ante la violencia que nos aparta de “vivir una vida vivible”.

Si los partidos continúan zigzagueando entre el compromiso formal con comunidades disidentes con narrativas emancipatorias y el cálculo electoral cortoplacista que sólo piensa en la próxima elección, entonces desaprovechará la energía activista que permitiría crear nuevas lideresas, colectivas de trabajo y consignas en protestas que se unan al hartazgo mancomunado que hoy inicia un proceso constituyente en Chile.

Estamos viviendo una crisis institucional importante reconocida por amplios sectores. La confianza de la ciudadanía en el Estado, el gobierno, los partidos políticos, las Fuerzas Armadas y de Orden, y la Iglesia, entre otras; ha decaído a niveles sin precedentes. Este escenario ofrece posibilidades y peligros para quienes creemos en la superación de la forma de vida de la sociedad actual, puesto que deja el camino abierto para la reformulación o eliminación de dichas instituciones, pero también deteriora la cohesión social y afecta a actores políticos y sociales transformadores y del orden, sin distinción. Lo que debilita las herramientas que les subalternes tenemos -incluidas las disidencias sexuales- para enfrentar a nuestres adversaries. Necesitamos repensar la organización social para responder a las necesidades de un mundo globalizado, donde abunda el trabajo flexible y precarizado, y crece una tremenda crisis de representatividad, para responder a las necesidades de lucha social del siglo XXI, superando las lógicas del siglo XX.

Para que este proceso desemboque en una ampliación democrática y no en su restricción, debemos fijar un criterio claro para orientar el potencial creador que, en palabras de Julieta Kirkwood1, podría formularse como una praxis política, en tanto proceso y proyecto, que aspire a la negación y superación definitiva de aquello que se interpone para conquistar nuestra liberación y los mecanismos que reproducen la alienación de todes aquelles sujetes que hemos sido excluides de la política -en Kirkwood, las mujeres, para nosotres las disidencias sexuales y de géneros. Al mismo tiempo que buscamos la supresión de todo aquello que da origen a dicha subordinación. Así, ante la crisis debemos evaluar qué nos sirve del viejo mundo y qué debe ser cambiado, sin dogmatismos.

Uno de los elementos de nuestro marco político e institucional más cuestionado es el funcionamiento y alcance de nuestra democracia representativa actual. Hoy, cuidarla supone repensarla y ampliarla radicalmente, incorporando elementos de la democracia participativa y directa en nuestros horizontes de cambio en el corto y mediano plazo, de forma que se reconozcan institucionalmente actorías políticas que hoy existen, mas no tienen la capacidad de incidir en la toma de decisiones y en la conformación de las instituciones. Vemos entonces, una oportunidad de avance para una democracia a la medida de las disidencias sexogenéricas en el proceso constituyente, en tanto tenemos la oportunidad de construir una forma de Estado que reconozca la importancia de la organización de las distintas comunidades para resolver sus propias problemáticas y decidir sobre sus destinos.

1 Julieta Kirkwood, Ser política en Chile: las feministas y los partidos (Santiago, Chile: Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, 1986). P. 192.

El punto de partida de análisis para abordar la tarea planteada en el párrafo anterior debe estar profundamente anclado en la realidad social actual y en sus condiciones materiales. El neoliberalismo no es sólo un sistema económico, también implica un tipo de sociedad, de organización de ésta y de sus individues, influyendo incluso en aquellos espacios contra hegemónicos y de resistencia. No es casualidad la descomposición de los actores sociales y políticos tradicionales, ni tampoco el excesivo individualismo, incluso en los activismos disidentes. Somos más clientes electores que sujetes polítiques. Sin embargo, la oportunidad está abierta ya que las promesas del neoliberalismo en términos de desarrollo fracasaron; la economía se estancó y les individues no maximizaron su bienestar ni sus potencialidades. La promesa del éxito individual muestra su vacío al enfrentarnos a una vida de deudas, explotación y agobio.

En definitiva, el desafío hoy en día es construir una voluntad colectiva de transformación. Por ello, queremos enunciar brevemente una serie de temas que deben ser una oportunidad para articular alianzas con miras a incidir lo máximo posible en el texto de la nueva Carta Fundamental:

  1. Derecho a la educación no sexista y a la educación sexual integral a todas las edades.

  2. Derecho a la no discriminación como supraderecho que proteja expresamente a la orientación sexual y afectiva, identidad y expresión de género, características sexuales, entre otras. Éste debe expresarse tanto sobre los derechos civiles y políticos (derecho a sufragio, a reunión y a la protesta social) y económicos, sociales (educación, salud, vivienda), culturales y medioambientales. La solución: ecoconstitución.

  3. Establecer como límite al derecho a la libertad de expresión el negacionismo de los derechos humanos y las afectaciones a la dignidad humana con discursos de odio.

  4. El núcleo fundamental de la sociedad debe ser la persona y su dignidad, sus organizaciones y redes de cuidado como núcleo afectivo de las comunidades, abarcando las familias en plural.

  5. Derecho a la identidad, incorporando elementos de las sexualidades y géneros.

Para lograr nuestros objetivos necesitamos una organización disidente que deje atrás los egos y sectarismos, que termine con el enquistamiento de voceres eternes que apresuradamente se sientan a conversar con cualquier gobierno para salir en la prensa, defendiendo los intereses del gay ABC1 y no los de la trabajadora sexual migrante empobrecida en los conventillos y guettos verticales de estos nuevos años veinte. Llegó la hora de construir articulaciones y espacios amplios, conducidos por equipas y nueves dirigentes que sostengan tesis políticas revolucionarias sobre el deseo, las identidades, el placer y los afectos. Líderes sin miedo a marcar distancias ni a formar alianzas con partidos políticos y otros movimientos sociales, que resuenen también en los barrios, en las sobremesas, en las micros, en el arte, o en nuestras parejas, incluso en templos y escuelas rurales. Así superaremos el escueto ámbito de incidencia noventera de las ONGs de diversidad sexual, que se ha sostenido en amiguismos con los mismos medios de comunicación que se han resistido, como en Dictadura, a condenar con vehemencia la gravedad de las violaciones a los derechos humanos, que también han afectado a las disidencias, como señalan las estadísticas.

Ser disidente sexogenérique no es una mera cuestión identitaria. Nos tiene que unir una visión del mundo que queremos construir y para lograr ello nos queda un largo camino, pero las condiciones históricas actuales parecen las más favorables. Somos hijes de la eterna transición y sabemos que con un lápiz y un papel no se cambia toda la historia: el movimiento social y la calle no se pueden abandonar. No pueden volver a dormirnos: la marginación de los procesos institucionales también ha sido inducida por los poderosos de siempre y ello no nos traerá un mejor resultado del que ha tenido hasta ahora. Combinar una estrategia de disputa e incidencia política con la construcción de un movimiento fuerte que permita dinamizar y hacernos ineludibles en el proceso constituyente, sin abandonar el trabajo comunitario y lo micro político, parece el camino más adecuado para que nuestras ilusiones, imaginarios y ficciones, constituyan también la realidad.

Temas no nos faltan, al contrario, faltan páginas para plasmar todo lo que hemos callado. Por ello quisimos enunciar algunos temas que nos parece fundamental abordar desde una perspectiva disidente para que sean parte de las normas y principios de la nueva Constitución, sin ánimos de agotar el debate sino más bien de provocarlo. Sin duda estos y tantos otros temas seguirán desarrollándose en asambleas, cabildas, foros y conversatorias en las cuales nos seguiremos encontrando para seguir imaginando un mundo donde juntes. Para alzarnos hacia ese pedacito de cielo rojo donde podamos volar.


MatiVal Cortez

Activista génerofluide, socie y asesor jurídique de la Unidad de Legislación y Políticas Públicas de la OTD Chile. Egresado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile y ayudante de investigación de su Centro de DD.HH. Relator en el Diplomado «Derechos Humanos, no discriminación y políticas públicas» de la Fundación Henry Dunant. Encargade de la oficina de Diversidad y No Discriminación de la Municipalidad de Ñuñoa

Emilia Schneider

Activista trans y feminista, parte de la organización OTD Chile. Estudiante de último año en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. Ex dirigenta estudiantil, primer mujer trans en ser presidenta de la FECH en 2019. Ex candidata constituyente