Por Rodrigo Karmy

El orden neoliberal deviene el verdadero orden pinochetista y el cuerpo de Pinochet se convierte en el cuerpo constitucional que soporta y funciona como pivote de dicho orden. En otros términos, la transición encuentra en el cuerpo de Pinochet su pilar, su columna vertebral. Por eso el síntoma: los expresidentes transicionales optan por el retorno del cuerpo de Pinochet a Chile como una forma que impedía que la transición se les fuera de las manos.

La transición política se caracteriza, fundamentalmente, por asumir un concepto restringido del nombre de “Pinochet”. Junto a ello, la transición política, en sus 30 años, no fue otra cosa que el continuo silencio acerca de la única pregunta que cabía formular: ¿qué es Pinochet? En efecto, dos ex presidentes vuelven a la escena pública. Dos expresidentes llamando, cada uno a su manera, al Rechazo: implícitamente Lagos minorizando al nuevo texto constitucional y urdiendo la operación por la cual lo vuelve “equivalente” al texto constitucional de 1980; explícitamente Frei Ruiz-Tagle quien, sentado desde alguna de sus oficinas, declara abiertamente que estará por la opción Rechazo pues tiene objeciones “insalvables” con la propuesta de la Nueva Constitución. 

¿Qué hace que dos ex presidentes de la llamada “transición a la democracia” opten por rechazar una Nueva Constitución abierta y efectivamente democrática? Es más: ¿qué hace que Frei Ruiz-Tagle cuyo padre fue asesinado por la dictadura, elija la opción fomentada por aquellos que cargan con ese crudo legado? Sostengamos la siguiente hipótesis: ambos ex presidentes experimentaron un problema crucial en sus respectivos gobiernos que, de una u otra forma, ponía en jaque a la propia transición, es decir, exhibía que toda la contextura de la democracia transicional no sería otra que un pacto de impunidad: la detención de Pinochet en Londres.

¿Por qué quienes fueron perseguidos, exiliados, torturados, optaron por traer de regreso al reo internacional? Pregunta que está lejos de ser baladí, pues en ella se juega una interrogación radical acerca de que fue la transición. A esta luz, la pregunta se podría formular así: ¿Por qué la transición necesita del cuerpo de Pinochet? La respuesta desnuda lo que efectivamente fue la transición: una articulación cupular-consensual de corte meta-política entre el progresismo y el conservadurismo neoliberal; forma que en otros lugares hemos denominado “partido portaliano” cuya última fase se identifica con la defensa del orden neoliberal. ¿Dónde cabía, pues, el cuerpo de Pinochet ahí? Digamos que dicho cuerpo –cada vez menos físico y cada vez más desmaterializado en la forma institucional de su Constitución- era el que justamente anudaba a ambas facciones y posibilitaba la sutura necesaria para profundizar el funcionamiento (discursivo y práctico) del tradicional “partido portaliano” que, en la nueva escena transicional, asumía sin grandes reparos al nuevo régimen neoliberal.

La detención de Pinochet en Londres aceleraba el proceso de su desmaterialización y, por tanto, transfiguraba enteramente lo que debía entenderse por “pinochetismo”: ¿qué era el pinochetismo desde ese momento? Ante todo, ya no era el simple amor al general vociferado por ese cúmulo de señoras dispuestas fuera del antiguo Hospital Militar, sino el amor a su orden institucional cuya forma más decisiva no era otra cosa que la Constitución de 1980; texto que, por cierto, en ese momento aún llevaba la firma de Pinochet y no la de Lagos como ocurrirá desde el año 2005. El amor al general asesino se trueca por el amor al orden que posibilitó la consolidación de los privilegios de la oligarquía militar y financiera que se tomó al país por asalto en 1973.

La transición se exponía así, como otra fase del pinochetismo y el haber aceptado la tesis de la derecha –una tesis completamente nacionalista y schmittiana, si se quiere- de que la soberanía estatal-nacional valía más que el derecho internacional y los cargos que le hacían al General devenido Senador, muestra de manera prístina la necesidad que tuvo la transición de Pinochet. Mal que mal fue con él con quien se negoció la salida, él como la fuerza fáctica que posibilitó que una minoría ejerciera el poder como si fuera mayoría y la transición fue su comparsa, exhibiendo el devenir “civil” del propio pinochetismo (un irónico proceso de “civilización”). El amor al Pinochet-general se trucó en el amor a Pinochet-sistema o, lo que es igual, la transición implicó una democratización del pinochetismo, pero no una despinochetización de la sociedad. 

La revuelta popular de Octubre de 2019 fue la implosión final del pinochetismo: la destitución de su Constitución, su pérdida completa de significado, su derrumbe como dispositivo que organizaba la mínima legitimidad del sistema político y social. La revuelta popular terminó por hacer que la Constitución de 1980 no valga más. El consenso general es que es necesaria una Nueva Constitución. La intensidad destituyente de la revuelta caló mucho más hondo de lo que habitualmente se cree, al punto de hacer imposible la restitución de la Constitución de 1980 a no ser vía fórceps que mantendría dicho texto sin una pizca de legitimidad posible. Justamente cuando el cuerpo “constitucional” de Pinochet ha terminado en el suelo, caído gracias a los pueblos que irrumpieron en la tosca escena histórica, es que los dos ex presidentes, reivindicando el lugar de lo que fue la transición, confiesan, en el fondo, su profundo amor a Pinochet: “hubo muchos avances”, “no fue tan malo como lo pintan” dicen sus defensores frente a la feroz crítica popular expresada en la revuelta.


Rodrigo Karmy

Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.