Por Luis Pezoa  / Doctor Pez

Antes que todo quiero manifestar mi sorpresa al obtener este adorno, sin ser yo miembro de la SCD, de hecho siendo abiertamente opositor a ella, por la sencilla razón de que considero mi obra musical y poética como parte de todas las demás obras y la autoría como un ejercicio cordillera donde cada pliegue es un humano diciendo “éste es mi espacio y mi tiempo”, sin ser ni el principio ni el final de esta larga conversación que llamamos Historia. Por ende, tengo serios problemas para comprender lo pecuniario tras este ejercicio ya que, para mí, la creación es sostener una conversación con los vivos y con los difuntos, por una necesidad vital, transparente y misteriosa a la vez, y toda búsqueda de institucionalizar este diálogo –en este caso, mediante la regulación de su economicidad- no es más que otra forma adoptada por el poder para aumentar la brecha entre su cultura autoral oficial y las disidencias.

Dicho esto, espero que me dejen continuar y contarles mi opinión sobre quien verdaderamente sostiene todo este ecosistema: el fanático (fan, dicho a la shilean way) y sinceramente espero que entiendan que no busco satanizar sino plantear una óptica más acorde con una voluntad de transformación social a través de la música.

Para que toda industria prospere, la relación entre producción y consumo, entre oferta y demanda, debe inclinar siempre la balanza hacia la satisfacción de necesidades ya existentes que permita la generación de nuevas necesidades y así asegurar una sólida rentabilidad a mediano y largo plazo. Es así como la industria musical fundamenta su economía en la figura del fan, en su precariedad, en su tragedia.

Desde un comienzo –a mediados del siglo XX- el fan ha sido un seguidor, alguien dispuesto a comprar los artilugios que se le ponen por delante mientras se le permite seguir avanzando en el camino junto a sus ídolos, sujetos que, independiente de su mucha o poca musicalidad, cultivan la performance de proveernos de cierto aura de exclusividad y pertenencia, cualidades que con el tiempo se nos han revelado como la principal carencia por medio de la cual se puede llegar al corazón/bolsillo de un fan.

Se pueden vender músicas de muchas formas y colores pues hay tantos tipos de fan como tipos humanos. Todos somos responsables de crear falsos altares. En el fondo todos somos fanáticos de alguna música, en el sentido de que nos entregamos a un apego incuestionable a melodías y armonías siempre asociadas a recuerdos, a fantasmas, a interacciones sociales pretéritas. Pareciera que nuestro pasado y nuestra música favorita se pertenecieran mutuamente, pero esa relación puede ser natural, sin altares, sin arribas ni abajos, sin la lógica industrial del “ídolo-fan” que convierte la admiración por un trabajo artístico en dinámica de consumo.

Buscamos en la música encontrarnos con los demás. Su carácter gregario atraviesa toda época y rincón. Por eso es que todo tejido social no sólo ha estado históricamente acompañado de su propia música sino que está fun-da-men-ta-do en los múltiples discursos -explícitos e implícitos- que su música pone en circulación y que nutren a la gran culebra, el gran co-relato de la existencia humana. El simple acto de tomar conciencia de esta conducta nuestra nos libera de la relación “ídolo-fan”, que es más bien un monólogo, y nos conduce a un nuevo plano espectatorial donde las artes musicales dialogan con el resto de la sociedad sin ese halo de superioridad y fama que empaña los ojos de espectadores y espectados.

Como la toma de conciencia es personal, un artista es incapaz de influenciar en los procesos de otras personas, salvo lavando su condición de artista, tomando conciencia de su propia vulnerabilidad y luego trabajando su obra despojada ya de la espectacularidad creadora de fans. Así, estaría politizando con el ejemplo, incentivando a otros a tomar también un camino propio lleno de desafíos, quizás en apariencia a menor escala, pero mejor conectados con los desafíos de una comunidad ávida de transformaciones.

Felicito a todas las mujeres y hombres que han sido aquí nominados pues sé que cada uno ha hecho enormes esfuerzos por darle cuerpo a sus ideas y sé que muchos son conscientes ya de esto y caminan en pro de un compromiso social. Sin embargo, aunque siempre agradezco el reconocimiento empático a mi trabajo, me veo éticamente obligado a rechazar este premio, ya que considero que ésta y todas las instancias propuestas por la industria –y en especial la SCD- tienden a fomentar la idolatría y el consumo pasivo, homogeneizando la manera de relacionarnos y empujando a muchos músicos a perder el tiempo frente al espejo, observando tan sólo la cáscara de sus capacidades mientras esperan los resultados de la votación de los fans.

Gracias.

(Vase rápidamente por un costado del escenario. Cae el telón. No hay aplausos.)