Por Mario Ramos

El sábado 2 de julio cientos de manos y corazones extendidos construyeron la Jornada Solidaria en apoyo al estudiante secundario Camilo Cornejo, brutalmente agredido durante la marcha estudiantil del 25 de Marzo por delincuentes coludidos con fuerzas especiales de Carabineros: una encerrona y represión criminal que cayó sobre decenas de secundarios que se movilizaban por alimentación e infraestructura escolar digna en las calles de Chile. Uno de ellos fue Camilo, alumno del liceo 7, hijo de Rodrigo Cornejo que nos ha ayudado a mirar la educación con ojo crítico.

Camilo, el muchacho de 17 años arrebatado de los puños, fierros y patadas del lumpen del barrio Meiggs por sus compañerxs y brigadistas, quienes arrastrándolo entre la represión de carabineros lograron llevarlo a un centro asistencial, donde permaneció por semanas en estado de coma… que en la gramática de la resistencia es también signo de exclamación y de interrogación. No se sabía si sobreviviría.

Y cuando Camilo daba señales de recuperación, el 1 de mayo, nuevamente Carabineros de Chile y el lumpen, arremeten asociados, ahora asesinando a la periodista Francisca Sandoval de 29 años, con una bala en la cabeza, reportera de la Señal 3 de La Victoria, compañera de nosotras. Los esfuerzos imposibles por salvarle la vida fueron vanos.

Qué hacemos con estos espasmos de dolor, entre la vida que puja fuerte y la intoxicación que nos riega el ambiente, que hacemos con el llanto que busca un abrazo y una mirada acompañante, qué hacemos con esta certeza de que somos parte, parteros y parteras en medio de una cultura de dominación, que nos niega en cada instante.

Solo nos queda el rejunte, el apañe, pese a todas las contraindicaciones, juntémonos pese al frío y la amenaza, nos precisamos, porque no podemos sobrevivir en la mezquindad y arrogancia impuesta por arriba. Nos juntamos y caminamos, que es el segundo paso.

En eso estamos, y pasados unos días de incertidumbre, la familia Cornejo nos dio cuenta de hospitales, clínicas, hospedajes, remedios, curaciones, quiebres emocionales… y reafirmamos con ellos, ellas, este compromiso, porque salimos a marchar, copamos calles y por que entramos también ese 2 de julio a un Liceo Manuel de Salas, repleto de tibieza en la noche quizás más fría del año.

Manos que cortaban entradas y bonos solidarios, otras que preparaban café calientito con tostadas, el músico que entraba con la guitarra al hombro, los cables de quien dirigía las luces, la mesa de sonido con perillas prestas a la palabra consciente, los cabros chicos que corrían confiados entre las piernas y cuerpos de cientos de amigos que no veíamos desde hacía mucho tiempo. Tanto tiempo como la pandemia misma. Miradas tintineantes sobre las mascarillas, profes de colegios y universidades, tecitos alegres de mano en mano, confraternidad que recorría el recinto, tocándonos para sentirnos vivos y escuchar a Portavoz y la poesía cotidiana, al Pancho Villa, Redoles, o ver el telón pintado por Matraka, o los diseños del Mauro Labarca. Apretadísimos, efusivos, con mascarillas que dejaban imaginar sonrisas de otro tiempo, ahora, arrugando sus telas sobre los labios. Era todo pasillo y auditorio de un Don Manuel de Salas feliz y expectante, viejo colmado de solidaridad trasversal, versátil, humana, despierta, partera.

Y nos entremezclamos pensando que cuando la política se saca su ropaje de almidón, pragmática y analítica, es capaz de verdad, de transformar esta realidad tan charcha, y volverla flujo torrencial de lo que somos, en busca del fuego de la tribu, diversa, multiforme, horizontal, libre y simplemente simple. No en vano quedaron y viven los sonidos, letras y números escritos en los muros, memorias también en los zapatos de la historia, que huellan estas tierras con toda nuestra gente pasando y pasada. Una plataforma de sentidos efervescentes, lo dijo Camilo, su madre sus hermanos, su padre y todos los que estábamos ahí, que sentimos como por debajo de los adoquines, como que se restregaba el mar como un gigante constante.

Vas bien Camilo, decimos sin finalizar nunca, porque eres parte junto a millones, de ese salto secundario sobre un metro trasformado en infinito, pero alcanzable para la inmensa mayoría de nuestro pueblo. Vivo Camilo, y abrazando.