Por César Baeza Hidalgo

Fueron centenares los pares de piernas secundarias saltando por sobre los torniquetes de ingreso al Metro de Santiago durante ese 18 de octubre de 2019. Los y las estudiantes habían organizado otra evasión masiva que se rebelaba en contra de una nueva alza a los pasajes del Sistema de Transporte de la capital chilena, el más caro de América Latina.

Explosionó una olla que venía acumulando un vapor incendiario que dio cuenta de un malestar que no encabezaban caudillos, ni algún tipo de conducción. Una chispa que provocó el roce de los jumpers azul marinos y pantalones grises saltarines, prendió un combustible que se venía juntando desde hacía décadas en múltiples espacios —desde la dictadura—, donde la alegría nunca llegó.

Ya eran 19 las estaciones del Metro que ardían ese mismo día desde el atardecer. Y en la noche, mientras el Presidente Sebastián Piñera Echeñique consumía pizzas junto a sus nietos en un restaurante del barrio alto, ya estaba claro que no sería una jornada cualquiera de agitación política. Algo estaba pasando y era grande.

Aunque al iniciar “nada hacía presagiar” que esa jornada pasaría de ser una manifestación más ni que quedaría marcada en la historia próxima de este país. Ese día, el Chile reciente cambió.

¡No son 30 pesos, son 30 años! La consigna marcó las primeras semanas que vinieron después de ese viernes. Rápidamente se posicionó en barrios, en las calles, en plazas, que recibían multitudes que se reencontraban con el concepto de la protesta masiva y la organización, una que canalizaba décadas de frustraciones de una ciudadanía, un pueblo, que se sentía estafado, o por lo menos defraudado. Un pueblo que se había dormido o así parecía, pero despertó.

¡Despertóóó, Chile despertóóó! El grito se escuchaba en Plaza Dignidad, Plaza Ñuñoa, en San Miguel, Pudahuel, Maipú, e incluso en comunas más acomodadas como Las Condes y Providencia. Pronto también se escucharía en ciudades como Concepción, Valparaíso, Antofagasta. Efectivamente, Chile despertó, se sacudió la modorra y salió a la calle.

Ya el 5 de octubre de 1988, el plebiscito que dio triunfante a la opción por el NO, había marcado con el sino de la derrota, o de la estafa, a una buena parte de esa generación que no sólo enfrentó a Pinochet sino que luchó en contra del modelo de la dictadura cívico-militar. Una alegría que nunca llegó, y que consolidó ese modelo instaurado a sangre, cuchillos y fuego, por la clase económica chilena, la que ha gobernado desde 1973. Los militares fueron el instrumento que le permitió camuflarse durante décadas, incluso mientras gobernaban la Concertación de Partidos por la Democracia y Chile Vamos. En algún momento eso tendría que colapsar.

Plaza Italia, o Baquedano, cambió de nombre. El pueblo, que espontáneamente se convocó a diario en ese lugar, epicentro de las celebraciones de toda índole, la rebautizó como Plaza de la Dignidad. Desde los barrios y las organizaciones se fueron sumando a la “Revuelta” para, entre todxs, instalar una épica, un símbolo de la rebeldía.

Los palos de ciego por parte del Gobierno para tratar de frenar el alzamiento parecían echar bencina al fuego, e instalaron la visión de que sólo de esa manera se conseguía ser escuchadxs. La violencia de Estado recibió una forma muy precaria de respuesta, pero suficiente para poner en jaque y en entredicho a la institucionalidad, y la gente buscó escalar y organizarse.

Se visibilizaron las Asambleas

Desde ese 18 de octubre, no sólo la llamada clase política se vio superada; los medios de comunicación tradicionales, lxs analistas más conocidxs, el espectro dedicado a la política por oficio o temática, no daba el ancho para entender lo que sucedía. No había cabezas que lo explicaran, ni hubo con quien negociar en medio de esos gritos alzados por justicia y dignidad que agarraban fuerza en la multitud, con multiplicidad de mensajes que cuestionaron el modelo económico, político y social.

La primera respuesta institucional, y la más visible, fue la represión. En pocas horas, cuando la pizza aún no se digería, el Presidente Piñera declaraba toque de queda y estado de sitio. No era sólo la capital, también en regiones: Concepción, Valparaíso, Temuco, Antofagasta… En dos días el Gobierno ya instalaba a los militares y marinos por doquier, pero las manifestaciones no cesaban. La calle estaba tomada y los barrios también. Al volver a casa, luego de la protesta algo hizo que la vecindad se juntara.

Vecinas y vecinos recurrieron a una forma de organización autoconvocada. En los territorios florecieron prontamente las asambleas. Ese desierto organizativo que subsistía al alero de algunas organizaciones de base, como excepcionales juntas de vecinos de villas o poblaciones con historia de resistencia, o de grupos sociales y culturales. Los territorios florecían con personas que se reunían en busca de respuestas a la necesidad de impulsar los cambios que el país necesita para volver a sentirlo propio.

Se instaló la exigencia de escuchar esa voz que siempre existió, pero no encontraba orejas que se dispusieran a oírla. La actividad política retornó a las bases que no la practicaron nunca por oficio sino excepcionalmente por vocación.

Los territorios florecían con personas que se reunían en busca de respuestas a la necesidad de impulsar los cambios que el país necesita para volver a sentirlo propio.

La indiferencia desapareció. A una semana del 18 de octubre, el viernes 25, ríos de gente llenaron cada recoveco alrededor del monumento a Baquedano para desembocar en un mar de personas. La más grande concentración de la historia. Un hito solo comparable con el espíritu de los años ’80 en La Bandera, pero con más gente. El caballo gris oscuro en medio de la Plaza ubicada donde comienza la avenida Providencia, o donde termina la Alameda, recibía los primeros trazos de colores y consignas que lo mantendrían así durante meses. El arcoíris apareció y encontró donde posarse en medio de dos millones de personas.

La gente caminó a diario desde los barrios y de regreso. Desde su trabajo antes de ir a sus hogares. Y ya el sábado 26 de octubre se organizaba en cabildos con preguntas para tratar de escribir las propuestas y de “sistematizar” las demandas. Por fin se canalizaba el sueño de un país diferente y había que plasmarlo de alguna manera.

Rápidamente surgieron los lazos entre espacios territoriales. Pero también la respuesta institucional, que buscaba dividir estos caminos.

“…el sábado 26 de octubre se organizaba en cabildos con preguntas para tratar de escribir las propuestas y de “sistematizar” las demandas”.

El desafío del presente y las alternativas para el futuro

El desarrollo de trabajo coordinado se instaló en diferentes vinculaciones, manteniendo el foco en que la organización de base debía validar cualquier línea de acción que se pretendiera desarrollar. Si se toma en cuenta que en cada asamblea las visiones de los caminos tienen matices diferentes, lograr aterrizarlo en tiempos razonables fue una tarea titánica, lenta y que requería de una paciencia de la que la institucionalidad supo sacar ventaja.

La agenda institucional tuvo su respiro en torno a los acuerdos que se hicieron entre cuatro paredes —concepto contrario a la calle— y logró imponerse. Hubo quienes se acoplaron a la agenda impuesta ese 15 de noviembre, cuando parlamentarios de las coaliciones representadas en el Congreso fijaron la fecha del Plebiscito para aprobar o no el cambio de Constitución con dos alternativas: Convención Mixta, o Convención Constitucional, ambas cargadas de una letra chica que no aseguraba escribir una Carta Magna que representara el clamor de la “Revuelta”.

Esa jugada de ajedrez no solo descomprimió la protesta, sino que puso en tensión algunos debates al interior de las asambleas y en las coordinaciones entre ellas. Además, prácticamente borró del mapa la opción de sistematizar la voz de la calle. El peso del descontento perdió relevancia y pasó a teñirse de las dinámicas de la política tradicional.

Cambiar el país. Cambiar la política. Cambiar la institucionalidad. Cambiar el modelo. Cambiar la Constitución. ¿Cómo se hace todo eso? La lista es tan grande y son tantas las urgencias, que aventurarse a dar una sola respuesta es, por decir lo menos, arrogante.

La agenda institucional tuvo su respiro en torno a los acuerdos que se hicieron entre cuatro paredes —concepto contrario a la calle— y logró imponerse.

Si bien hay un acuerdo tácito en los fines, cómo alcanzarlos ha sido la piedra de tope y las divisiones. Desarrollar unión y confianza es determinante para tener la fuerza que se requiere para lograrlo. La única esperanza parece ser reconstruir esa convicción como primer requisito.

Son décadas en que no se ha logrado consolidar una alternativa política que canalice el descontento para construir una propuesta. La organización, si bien es una convicción, la realidad muestra que no ha dado la talla para traducirse en el trazado de un mapa que permita visualizar un destino hacia dónde avanzar en conjunto. No hemos logrado superar las individualidades y algunos egos, que sobreviven en liderazgos añejos que no dan paso a lo nuevo.

El final de esta historia está abierto. Cómo recomponer esa unión, sin rupturas en los lazos establecidos, y que ésta sea eficiente para mejorar el país es un desafío que requiere de voluntad y una humildad que sostenga las confianzas en el quehacer para avanzar en los temas estructurales, reconociendo la diversidad de criterios en tareas concretas o el afianzamiento de algunos caminos.

Vivir en el país que soñamos no depende sólo de los deseos de hacerlo.


César Baeza Hidalgo

Periodista de formación profesional y práctica, y diplomado en edición por la Universidad de Chile. Toda la segunda mitad de su vida profesional se ha concentrado en el cubrimiento de temas con enfoque de derechos, especialmente relacionados con migración forzada y derecho a la información. Ha pertenecido a la asamblea territorial de su barrio, en Ñuñoa, desde su formación en octubre de 2019, en la cual ha desempeñado distintos roles.